
Los vasos están servidos y resplandecen sobre el mesón. La espuma permanece impávida, blanca, agria y refrescante coloración. Sentados en un círculo, la mesa se hace pequeña, y la omnipresencia de un trago alegra la fría niebla de esta noche.
Sujetamos los vasos casi tan fuerte como si estrecháramos la mano de un buen amigo, y seguimos apretando fuerte, pues esta vez, distinta a todas demás, los vasos no son de plástico.
El instinto de lactancia no tarda y surge pronto en lo más profundo de nuestras gargantas, acompañado de una sed infinita, una sed de alcohol que provoca gárgaras con la abundante saliva que humecta al deseo de nuestras bocas, de nuestros cuerpos por unas horas de hilarante ebriedad.
Los tragos, traguitos, succiones, chupetitos, sorbos, sorbetes y otros cuentos se siguen pegaditos, unos tras de otros, como los incansables eslabones de una cadena, como los vagones de un tres vía ,que al pasar de las horas se sumerge en lo más oscuro de un desenfreno, que cae y cae en el poso sin fin de una borrachera venidera.
Las palabras saltan como escupitajos lanzados por un geiser que nos baña de una etílica sensación. Y contrario a lo que popularmente se cree, la desnudez producto de la artificiosa alegría esta noche no tiene las luces prendidas, y nos ponemos todos, unos antes que otros, en una fila imaginaria e irregular, los chalecos de alcohol, para soportar el frío, para pasar la pena, para entibiar el corazón, para volar por encima de aquello que durante el día a hecho estragos en tus pensamientos, y la verdad es que no faltan motivos cuando se trata de beber un copa; somos capaces de improvisar la ocasión.
Improvisamos los bailes, cantos y apelativos, esperando el turno de los que aún no se han subido al vagón de la tan esperada y bullada conmoción.
Tras unos momentos es evidente la sensación de cómo tu cabeza sube y baja, y no la tuya- pues aun no gozo del privilegio de la omnipresencia para estar dentro de la ajena- sino que literalmente tú subes y bajas, cumpliéndose uno de los mayores milagros físicos: todo esto sucede mientras sigues estático donde mismo.
Te tambaleas y resbalas, todo gracias a la lubricación mental otorgada por el santo sopor etílico de una mezcla de licor, para muchos de los presentes agraciadamente habitual.
Ahora nos queremos tanto, nos amamos todos, y aunque desconozca por unos instantes tu nombre te rebautizo, y ahora te llamas querido, maricón, mi amor o simplemente como lo amerite la insólita ocasión. Antes de esto realmente nada importaba, solo perdía el tiempo, sobrio, escuchando la incesante canción, que ebrio se torna en melodía, incapaz de arruinar la creciente entretención.
Uno de mis acompañantes, a esta altura no recuerdo sinceramente si amigo, se tambalea, y tratando de escucharlo, afinando el oído me percato de que no suena ni una canción, o como decimos en jerga borracha “no alumbra ese farol”: estamos mal mijito, canto y le grito, mientras lleno su baso de dulce y extasiante licor. Para terminar, tomo su mano, le doy tres vueltas y exclamo “no te caíste, sigue tomando, aún no termina la función”.Después de esto, creo no recordar mucho, exceptuando el asqueánte mareo que nos brinda este agrio amor.DA.
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